Al día siguiente
La luz del amanecer se filtró por las cortinas de encaje, tiñendo la habitación con un tono dorado y suave.
Zacarías abrió los ojos con dificultad, la cabeza le pesaba como si la noche anterior se hubiera desvanecido en un sueño brumoso. Por un instante, no supo dónde estaba.
Luego, al girarse hacia el otro lado de la cama, la vio.
Camely dormía a su lado, envuelta en las sábanas blancas, con el cabello desordenado sobre la almohada y el rostro tranquilo, inocente, como si el mundo se hubiera detenido.
La confusión lo golpeó con fuerza. Su mente estaba nublada, pero los recuerdos empezaron a surgir, lentos, caóticos, como piezas de un rompecabezas que no quería armar.
—¿Qué hice ayer...? —murmuró con voz ronca.
Se sentó al borde de la cama, y mientras se vestía, sus ojos se detuvieron en algo que lo hizo contener la respiración: pequeñas manchas de sangre sobre las sábanas, como pétalos de rosa esparcidos sobre la nieve. Se quedó mudo, petrificado.
Camely se movió.
Ab