Camely se lanzó contra él, con una furia que no logró contener.
La bofetada resonó en la sala como un trueno.
Edmund apenas alcanzó a girar el rostro por el impacto.
Por un segundo, todo quedó en silencio. Ni los empleados se atrevieron a moverse.
El joven llevó una mano a su mejilla, sorprendido, con la incredulidad en los ojos de quien no esperaba jamás ser reprendido por una mujer.
Pero esa no era cualquier mujer: era Camely, la esposa de su mejor amigo, había creído que siendo una mujer de talla grande seguro no tendría autoestima, ni defensa, pero se equivocaban.
Zacarías, que había observado la escena con el ceño fruncido, se interpuso.
Su voz fue firme, sin levantarla, pero llena de autoridad.
—Edmund, discúlpate con mi esposa ahora mismo.
Edmund parpadeó, atónito.
—¿Qué...? —balbuceó, todavía incrédulo—. Ella me golpeó, ¿Acaso no viste?
—He dicho que te disculpes, ella respondió a tu ofensa —repitió Zacarías, con un tono que no admitía réplica.
El ambiente se tensó tanto que se