Camely se lanzó contra él, con una furia que no logró contener.
La bofetada resonó en la sala como un trueno.
Edmund apenas alcanzó a girar el rostro por el impacto.
Por un segundo, todo quedó en silencio. Ni los empleados se atrevieron a moverse.
El joven llevó una mano a su mejilla, sorprendido, con la incredulidad en los ojos de quien no esperaba jamás ser reprendido por una mujer.
Pero esa no era cualquier mujer: era Camely, la esposa de su mejor amigo, había creído que siendo una mujer de t