El día llegó con una luz gris y fría que se coló por las ventanas. Desperté temprano, como siempre, costumbre de madrugar para ir a trabajar. Pero esta vez no estaba sola como cada mañana. Gael dormía a mi lado en el sofá, boca abajo, un brazo pesado y cálido sobre mi cintura, anclándome a él incluso en el sueño. Lo miré. De verdad lo miré, sin el filtro del miedo o el plan. Su rostro estaba relajado. Las líneas de tensión que siempre parecían talladas en su frente y alrededor de la boca se habían suavizado. Parecía más joven, casi vulnerable. Fue un golpe en el pecho verlo así. Él, que siempre estaba alerta, que parecía hecho de acero y sombras, aquí, durmiendo profundamente junto a mí. Por mi culpa. Por mi mentira. La euforia del calor de su cuerpo, el recuerdo visceral de la noche, chocó contra un muro de culpa que me dejó sin aire. Me sentí como una intrusa. Una impostora que había violado no solo su confianza, sino este momento de paz que ni siquiera sabía que podía tener. Ha
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