El tiempo se congeló entre nosotros, suspendido en el polvo que danzaba en un rayo de luz gris. Yo, arrodillada en el suelo, el sobre de pergamino quemándome las manos. Él, de pie, mirándome como si ya hubiera leído el destino escrito en mi rostro. Esperé que se acercara, que me quitara la carta, que cerrara de golpe esa puerta al pasado que yo había abierto sin querer. No lo hizo. En cambio, dio dos pasos lentos y pesados hacia el enorme sillón de cuero desgastado que había detrás del escritorio, el sillón de su padre. Se dejó caer en él con una gravedad que hacía que el mueble pareciera un trono… o un banquillo de acusado. —Léela —dijo, su voz no era una orden, sino una autorización sombría. Un permiso cargado de resignación. Mis dedos temblaban. La cinta desteñida se desató fácil, como si hubiera estado esperando este momento. Desdoblé el pergamino. La letra, esa misma letra temblorosa pero orgullosa que había visto en el sobre, se desplegó ante mí. Tomé aire. Y en el silenci
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