Gael me llevó de vuelta al sofá, pero cuando intenté acercar mis labios a los suyos para besarlo, él desvió su cabeza. Su mirada era clara, demasiado clara. —Nicolás te dijo algo más —declaró, sin preguntar—. Y no fue sobre mi buen gusto. El aire se espesó. El papel en mi mano parecía arder. Miré sus ojos, esa oscuridad que todo lo veía, y supe que no podía seguir guardándolo. No esta vez. —Sí —admití, la palabra saliendo como un suspiro—. Me advirtió. Dijo que Aldrick está buscando aliados… gente peligrosa. Porque quiere asesinarte, Gael. Gael no se inmutó. Solo asintió, como si ya lo supiera. Pero algo cambió en su postura: se tensó, como un animal que detecta el peligro en el viento. —Espera aquí —dijo, levantándose. Salió de la sala con el teléfono pegado al oído. Escuché fragmentos de su conversación: “Sí, activa el protocolo… No, ahora mismo… Limpia el trayecto.” Colgó y volvió a mi lado. —Nos vamos —anunció, sin espacio para la discusión. —¿A dónde? —pregunté, levantán
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