La paranoia se había convertido en mi nueva sombra. Después de Liana, después de sus palabras que se clavaban como astillas en mi mente, ya no podía caminar por la calle sin mirar por encima del hombro. Tres días. Tres días de silencio de Gael. Ni un mensaje, ni una llamada. Como si se hubiera olvidado de mi existencia. Y lo peor era que, en mis momentos más débiles, deseaba su llamada. Deseaba que su voz grave cortara el silencio de mi departamento y me diera una orden, cualquier orden, que me sacara de este limbo de miedo. El trabajo era mi único ancla a la realidad. Los movimientos automáticos: llenar la máquina, calentar la leche, sonreír sin que llegara a los ojos. Marta me miraba de reojo, preocupada. Seguro que creía que tenía una resaca permanente. Esa tarde, el turno fue eterno. Mi cuerpo estaba aquí, pero mi mente estaba en las palabras de Liana: “Bienvenida al club de las que perdieron.” ¿Yo ya había perdido? ¿Había perdido mi cordura, mi moral, mi sentido del peligro?
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