Soñé con sus manos.No fue como en la realidad, donde se detuvieron en mi mejilla con esa paciencia devastadora. En el sueño, no se detenían. Recorrían mi espalda, mi cintura, mi cuello. Y yo no me apartaba. Me inclinaba hacia él, como una flor buscando el sol, incluso sabiendo que ese sol podía quemarme.Soñé que la chimenea crepitaba y que él no retrocedía.Soñé que la lluvia golpeaba los ventanales y que sus labios encontraban los míos.Soñé que no era una mentira.Desperté sobresaltada, con el corazón golpeándome las costillas, el cuerpo caliente y la boca seca. Mi habitación estaba oscura, silenciosa. Solo el tictac del reloj de la cocina marcando las tres de la madrugada.Me senté en la cama, abrazándome las rodillas. La culpa era un sabor amargo en la garganta. No por Damian. Por mí. Porque en el sueño, no había pensado en él ni una sola vez.Pasé el resto de la noche dando vueltas en la cama. Cuando amaneció, tomé una decisión. Ya no podía seguir así. Damian no podía venir más
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