La casa olía a hierbas frescas, carne asada lentamente y un suave aroma cítrico que venía de unas velas que Tom había encendido por toda la cocina. Algo poco habitual en él. Danna se detuvo en el umbral, sorprendida. La mesa estaba puesta con una perfección casi obsesiva: platos blancos de porcelana, cubiertos alineados como si hubieran sido medidos con regla, y una botella de vino abierta, respirando.Tom, con las mangas de la camisa arremangadas y el delantal negro que rara vez usaba, removía la salsa en una sartén. Giró la cabeza apenas escuchó sus pasos.—Llegas tarde —dijo, pero su tono no era frío; era suave, casi… controlado. Su mirada la recorrió de arriba abajo—. ¿Cómo te fue en tú primer día?Danna dejó su bolso sobre una silla y se apretó las manos.—Creo que… —respiró hondo, y una sonrisa se le escapó sin poder contenerla—. Creo que me fue muy bien, Tom. El dueño… bueno, él fue muy amable. Muy correcto. Aunque un poco intimidante, la verdad.Tom dejó la espátula a un lado
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