Donato sirvió dos copas de vino tinto. No para celebrar, sino para tener algo entre las manos. Un gesto de hombre que necesita anclarse a lo cotidiano antes de sumergirse en lo turbio.—Conocí a tu madre hace veinte años —comenzó, con la voz baja y pausada—. Era inteligente, hermosa, y tenía una forma de mirarte que te hacía sentir que eras la única persona en el mundo. Yo era joven, ambicioso, y ella era… ella era todo lo que yo quería ser.Isabela lo escuchaba en silencio, el vino intacto frente a ella.—Nos hicimos socios. Ella tenía el talento científico, yo el olfato para los negocios. Juntos fundamos algo que creíamos que cambiaría el mundo. No era el Proyecto Fénix todavía. Era algo más pequeño, más íntimo. Un banco de datos genéticos para enfermedades raras. Mateo fue su inspiración, sí. Pero también fue su obsesión.—¿Y qué pasó? —preguntó Isabela.—Pasó que Elisa empezó a recibir ofertas. Gente con mucho dinero, mucho poder, que quería usar nuestros datos para fines que ella
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