El eco de los aplausos en Ginebra se había transformado, en cuestión de horas, en titulares de negocios y columnas de opinión. “La Sombra con Rostro de Luz”, la había bautizado un periódico influyente. “Isabela Verdina: de florero a estratega”, proclamaba otro, con menos poesía pero más contundencia. La narrativa se había inclinado, brusca y definitivamente, a su favor. Los rumores sobre la salud de Mateo fueron barridos por el tsunami de su discurso; ya no era la esposa de un hombre poderoso con un hermano enfermo, sino una fuerza propia, una mente brillante que usaba la filantropía como palanca de cambio real.Pero en la torre de cristal, la realidad tenía matices más sombríos.Mateo, físicamente más estable pero psicológicamente frágil, veía a su hermana transformarse a través de la pantalla del televisor. La reconocía, pero también la sentía distante, como si la persona que lo había protegido toda la vida se estuviera recubriendo de una capa impenetrable de acero y retórica pulida
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