Donato sirvió dos copas de vino tinto. No para celebrar, sino para tener algo entre las manos. Un gesto de hombre que necesita anclarse a lo cotidiano antes de sumergirse en lo turbio.
—Conocí a tu madre hace veinte años —comenzó, con la voz baja y pausada—. Era inteligente, hermosa, y tenía una forma de mirarte que te hacía sentir que eras la única persona en el mundo. Yo era joven, ambicioso, y ella era… ella era todo lo que yo quería ser.
Isabela lo escuchaba en silencio, el vino intacto fre