CAPÍTULO 53 — No sé en quién confiar Carolina estaba recostada en la cama, con los ojos vendados y el cuerpo todavía cansado, atravesado por una fatiga que no era solo física. La camilla hospitalaria crujía apenas cada vez que respiraba hondo, y el leve pitido del monitor cardíaco marcaba un ritmo constante, como si alguien le recordara a cada segundo que seguía ahí, resistiendo. La oscuridad era total. Una negrura densa, cerrada, que no dejaba filtrar ni una chispa de luz. No había sombras, no había contornos. Solo la nada. Estaba frágil, recién salida del quirófano, conectada a un suero que descendía lento por la manguera transparente hasta su brazo, y su primera preocupación no era ella. —¿Mamá… estás bien? —preguntó en voz baja, girando apenas el rostro hacia donde sabía que estaba Betina. Su madre estaba sentada a su lado, en una silla que ya le dolía en la espalda, sosteniéndole la mano con cuidado. Sus dedos estaban tibios, firmes, anclándola al mundo. —Estoy bien, hija —r
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