CAPÍTULO — La hija que ya no reconozco
La casa de Teresa olía a lavanda y a mate recién preparado, un aroma tan doméstico, que se había quedado prendido en las paredes como un recuerdo que no se resigna a irse. Era el mismo olor de siempre, el de la infancia de Sandy, el de los domingos tranquilos, el de los días en que esa cocina había sido refugio, abrigo y un lugar donde volver. Pero hacía tiempo que no volvía. Demasiado tiempo.
Esa tarde, sin embargo, ese olor no la calmó. Le resultó insoportable, casi ofensivo, como si le recordara todo lo que había dejado atrás sin mirar.
—Hola mamá.Le dio un beso en la cabeza como siempre hacía.
Teresa estaba sentada a la mesa, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el delantal. No había reproche inmediato en su expresión, tampoco enojo. Solo una tristeza inmensa, honda, de esas que no necesitan elevar la voz para doler.
—Hace meses que no venís —dijo, sin levantar el tono—. Meses, Sandy.
Sandy dejó la cartera sobre la mesa con un