CAPÍTULO — La hija que ya no reconozco
La casa de Teresa olía a lavanda y a mate recién preparado, un aroma tan doméstico, que se había quedado prendido en las paredes como un recuerdo que no se resigna a irse. Era el mismo olor de siempre, el de la infancia de Sandy, el de los domingos tranquilos, el de los días en que esa cocina había sido refugio, abrigo y un lugar donde volver. Pero hacía tiempo que no volvía. Demasiado tiempo.
Esa tarde, sin embargo, ese olor no la calmó. Le resultó insop