CAPÍTULO — Lo que ya no puede fingirse
Mauro Sánchez estaba sentado en la sala de espera desde hacía horas.
No lo sabía con exactitud, porque había dejado de mirar el reloj. El tiempo ahí no avanzaba: se arrastraba. Se quedaba suspendido entre el olor a hospital, el murmullo lejano de los pasillos y ese cansancio profundo que no venía del cuerpo, sino del alma.
Estaba agotado de fingir.
De ensayar gestos.
De acomodar palabras.
De mostrarse como el hombre arrepentido que todos esperaban ver. Mauro era el esposo perfecto.
Había ido y venido mil veces sobre la misma idea: si logro entrar, si logro hablarle, si logro que me mire… Esa idea absurda lo hizo reír. Carolina, por lo que escuchó, seguía ciega y ciega se va a quedar.
Cuando la enfermera apareció con la bandeja del almuerzo, Mauro se levantó casi de inmediato.
—Yo se la llevo —dijo—. A Carolina.
La mujer lo miró con profesionalidad, pero antes de responder, otra voz se adelantó.
—No.
Betina estaba de pie, firme, con los