CAPÍTULO 60 — Lo que ya no puede fingirse
Mauro Sánchez estaba sentado en la sala de espera desde hacía horas.
No lo sabía con exactitud, porque había dejado de mirar el reloj. El tiempo ahí no avanzaba: se arrastraba.
Se quedaba suspendido entre el olor a hospital, el murmullo lejano de los pasillos y ese cansancio profundo que no venía del cuerpo.
Estaba agotado de fingir.
De ensayar gestos para que parecieran buenos.
De acomodar palabras para que vieran su cambio.
De mostrarse como el