CAPÍTULO — Lo que ya no puede fingirse
Mauro Sánchez estaba sentado en la sala de espera desde hacía horas.
No lo sabía con exactitud, porque había dejado de mirar el reloj. El tiempo ahí no avanzaba: se arrastraba. Se quedaba suspendido entre el olor a hospital, el murmullo lejano de los pasillos y ese cansancio profundo que no venía del cuerpo, sino del alma.
Estaba agotado de fingir.
De ensayar gestos.
De acomodar palabras.
De mostrarse como el hombre arrepentido que todos esperaban ver