CAPÍTULO — Lo que no quiso aprender
Sandy cerró la puerta de la casa donde vivía con Mauro con más fuerza de la necesaria.
El silencio que quedó después le cayó encima como un peso incómodo. Se apoyó contra la madera, respiró hondo y, por un instante mínimo, la imagen de su madre volvió a aparecerle con una claridad que le molestó: los ojos llenos de vergüenza, la voz quebrada, la decepción que no había necesitado gritos.
Te desconozco, le había dicho.
Y eso… eso sí le había dolido.
Porque su madre siempre había sido importante en su vida, mucho más de lo que Sandy estaba dispuesta a admitir. Había sido su sostén, su refugio, la única que la defendía incluso cuando no tenía cómo hacerlo. Sandy sabía perfectamente la vergüenza que le estaba haciendo pasar. La sentía en el pecho, en esa incomodidad persistente que no se iba.
Pero no le importaba lo suficiente como para detenerse.
Porque lo que quería era otra cosa.
Quería tener lo que Carolina siempre había tenido.
Se quitó el a