CAPÍTULO 53 — No sé en quién confiar
Carolina estaba recostada en la cama, con los ojos vendados y el cuerpo todavía cansado, atravesado por una fatiga que no era solo física. La camilla hospitalaria crujía apenas cada vez que respiraba hondo, y el leve pitido del monitor cardíaco marcaba un ritmo constante, como si alguien le recordara a cada segundo que seguía ahí, resistiendo.
La oscuridad era total.
Una negrura densa, cerrada, que no dejaba filtrar ni una chispa de luz. No había sombras,