CAPÍTULO — La noche sin bastón
Carolina Fontes estaba despierta, aunque no lo sabía por la luz —porque no la veía—, sino por el silencio distinto de la habitación del hospital, ese silencio que solo existe de noche, cuando los pasillos se vacían y los sonidos se vuelven más íntimos, más reales, casi confesionales.
A su lado, en la cama angosta, su madre dormía. Carolina no la miraba porque no podía, pero la sentía con una claridad que le dolía: sentía su respiración lenta, pareja, ese aire tibio que entraba y salía como lo había hecho durante toda su vida, y cerró los labios con fuerza mientras pensaba, una vez más, en lo injusto que había sido todo.
Mi mamá vivió en la oscuridad tantos años…
y nunca quiso operarse.
Su abuelo se lo había ofrecido mil veces; le había dicho que el dinero no importaba, que la ciencia avanzaba, que quizás podía recuperar algo de visión, pero su madre siempre se había cerrado, nunca explicó por qué, nunca quiso, como si hubiera aceptado la oscuridad co