CAPÍTULO — El anzuelo de los Ortega
Gabriel aceptó la invitación con el estómago revuelto.
No fue una decisión impulsiva. Fue una de esas elecciones que se toman sabiendo que van a doler. Su madre lo había contactado por mensaje, porque sabía —como siempre— que si lo llamaba no le atendería. Fiona conocía cada una de sus grietas, y aun así seguía usando las mismas armas.
A Gabriel lo asqueaba la sola idea de tener que sentarse en un lugar cerrado con ellos, de respirar el mismo aire, de es