CAPÍTULO — El anzuelo de los Ortega
Gabriel aceptó la invitación con el estómago revuelto.
No fue una decisión impulsiva. Fue una de esas elecciones que se toman sabiendo que van a doler. Su madre lo había contactado por mensaje, porque sabía —como siempre— que si lo llamaba no le atendería. Fiona conocía cada una de sus grietas, y aun así seguía usando las mismas armas.
A Gabriel lo asqueaba la sola idea de tener que sentarse en un lugar cerrado con ellos, de respirar el mismo aire, de escuchar sus voces sin levantarse e irse.
El mensaje había sido breve, calculado, casi amable.
“Tenemos que hablar. Es importante. Por el bien de todos. Vení. Solo es un café.”
Un café.
Como si la vida de Carolina no estuviera en juego. Como si no hubiera escuchado a Mauro insinuar que podía dejarla ciega, y a ellos reírse, relajados, como si hablaran del clima o de un negocio más.
El recuerdo lo golpeó sin aviso.
Recordó el día en que su padre, Gonzalo Ortega, le dijo a su propio padr