CAPÍTULO — Bajo la piel del apellido
Sandy estaba afuera del hospital esperando que saliera Mauro.
Anoche, después de la reunión improvisada con los Ortega, después de varios brindis, lo convenció de buscar a Carolina… pero para sacarle dinero. Y sí: Mauro aceptó demasiado fácil. Eso le molestó. Sandy se dio cuenta de algo que no quería admitir: ya no tenía poder sobre él como antes.
No había entrado al hospital porque sabía que estaba Betina, y la verdad le daba pena. Betina siempre fue tan buena con ella… y con su madre. Y, de pronto, le cayó encima un pensamiento inesperado: hacía días que no veía a su madre, y debía ir. Ella vivía cerca de la casa de Carolina.
Pero ahí estaba.
Junto a Gonzalo y Fiona Ortega, impecables, serenos, como si ese edificio no estuviera cargado de dolor sino de oportunidades. Sandy fumaba despacio, con esa calma venenosa que le nacía cada vez que sentía que alguien iba a caer y ella iba a sacar ventaja. Se sentía poderosa. Estaba hablando de ayudar a