El coche todavía no se ha detenido del todo cuando abro la puerta.No pienso. No mido. No espero órdenes.Salto a la acera y empiezo a correr.Los gritos llegan primero. Luego el caos. Sirenas, pasos, gente retrocediendo. Escucho disparos a lo lejos, secos, rápidos, y sé que los míos ya están respondiendo, que el detective está dando órdenes, que alguien está intentando cerrar el perímetro.Pero nada de eso importa.Solo ella.La veo desde lejos, tendida en el suelo, rodeada de gente, y mi pecho se contrae con una fuerza tan brutal que creo que me va a partir en dos. Margaret está arrodillada junto a Isabela, sosteniéndola con torpeza, con desesperación, las manos manchadas de sangre mientras presiona su costado.—¡Isa! —grito, aunque sé que no me oye.Caigo de rodillas a su lado.El mundo se reduce a su rostro pálido, a sus labios entreabiertos, a la forma en que su respiración es irregular, demasiado superficial. Margaret me mira con los ojos desbordados.—La… la empujé —balbucea—. Y
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