GabrielEl vidrio es más grueso de lo que parece.Lo sé porque tengo la frente apoyada contra él y, aun así, no siento el frío del otro lado. Solo veo. Solo escucho. Solo contengo.Maurice Lombard está sentado frente a la mesa metálica, esposado, con el traje arrugado, la camisa manchada de sudor en las axilas. Ya no parece el hombre seguro que entró armado a un hospital creyéndose intocable. Ahora parece exactamente lo que es: un animal acorralado.El detective Rinaldi entra en la sala con una carpeta bajo el brazo.No dice nada al principio. Deja que el silencio haga su trabajo.—¿Sabes por qué estás aquí? —pregunta al fin, sentándose frente a él.Lombard sonríe. Una sonrisa torcida. Provocadora.—Por amar demasiado —responde—. Por querer lo que otros no supieron cuidar.Aprieto la mandíbula.Rinaldi abre la carpeta con calma quirúrgica.—Estás aquí por secuestro, intento de homicidio, tráfico de personas, lavado de activos, asociación para delinquir y una lista larga de violaciones
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