Gabriel La casa está llena de gente y, aun así, se siente vacía.Mi despacho nunca había tenido tantas voces al mismo tiempo, y nunca me había resultado tan insoportablemente silencioso. Adrian está apoyado contra la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, mirando la noche como si pudiera arrancarle respuestas. Luka camina de un lado a otro, revisando papeles, pantallas, nombres que no dejan de repetirse. Mis padres están sentados frente al escritorio, rígidos, agotados, con el peso de una culpa que nadie dice en voz alta.Han pasado horas así.Revisando todo lo que existe sobre Maurice Lombard.—Propiedades rurales —dice Luka, señalando la pantalla—. Casas registradas a nombre de terceros, empresas pantalla, fundaciones falsas. Este tipo no deja huellas limpias.—Dejó huellas suficientes —gruñe Adrian—. Lo suficiente como para saber que está enfermo.No lo miro. Si lo hago, voy a decir algo que no puedo retirar después. La rabia entre nosotros sigue ahí, espesa, pelig
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