La campanilla sobre la puerta de la cafetería suena cuando entro, y el aroma a café recién molido me envuelve de inmediato. Durante un segundo me quedo quieta, dejando que la normalidad del lugar me atraviese: mesas ocupadas, risas suaves, el murmullo constante de conversaciones ajenas. Es casi irreal pensar que el mundo sigue girando igual después de todo lo que ha pasado.
Entonces la veo.
Margaret está sentada al fondo, en una mesa cerca de la ventana. Levanta la mano apenas me reconoce y son