El festín llegó en absoluto silencio, traído por doncellas de ojos vacíos que no se atrevieron a mirarla. Sobre la mesa de caoba negra, dejaron bandejas de plata rebosantes de carne asada, pan caliente y frutas frescas. Alimento mortal. Real.Apenas las puertas se sellaron, Seraphina se abalanzó sobre la comida. No hubo elegancia en sus movimientos, solo una necesidad primitiva. Obligó a su estómago a recibir cada bocado, masticando con la desesperación de un guerrero preparándose para su última batalla. El efecto en su metabolismo de licántropo fue casi inmediato. Privada de la sedante sangre vampírica y alimentada finalmente con proteínas y calor, la bestia en su interior despertó con un gruñido sordo. La fiebre que la había estado consumiendo cambió de naturaleza. No la debilitaba, la fortalecía. Seraphina cerró los ojos, sintiendo cómo el fuego dorado de su núcleo, alimentado por la energía de la comida, comenzaba a encenderse bajo su piel, empujando el veneno vampírico fuera de
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