—Te tengo —susurró el Alpha.
Seraphina no podía hablar. Sus manos temblaban sobre el pecho de Ronan, manchándose con la sangre caliente que brotaba alrededor del metal maldito.
Aquella daga de plata oscura habría matado a cualquier licántropo en pocos minutos, pudriendo sus venas desde el centro, pero el hombre frente a ella no era solo un guerrero. Era una Alpha. Una fuerza imparable impulsada por la devoción más absoluta.
Ronan no emitió un solo quejido de dolor. Con una frialdad que helaba