El eco del rugido de su Alpha aún vibraba bajo su piel cuando Seraphina abrió los ojos de golpe. No hubo desorientación. No había rastros de la fiebre letal ni de la niebla asfixiante del veneno vampírico.
La Luna Blanca aspiró una bocanada de aire que le llenó los pulmones con una fuerza abrumadora. El corazón le latía desbocado, no por el miedo, sino por la pura y absoluta adrenalina que ahora corría libremente por sus venas.
Estaba acostada sobre la cama, en el corazón mismo de las Tierras