El estruendo de la obsidiana cediendo ante la furia de los lobos fue el sonido más hermoso que Seraphina había escuchado en toda su vida.
Desde el balcón, el viento le azotaba el rostro y agitaba la seda oscura de su bata, pero ella no sentía frío. Su sangre era un torrente de fuego sagrado.
Abajo, en la neblina, los destellos ámbar y dorados de la manada rasgaban la noche, una marea de bestias masacrando a los inmortales que habían creído que el castillo era inexpugnable.
El vínculo en su p