El silencio en la habitación del ala este era absoluto, denso y asfixiante como una tumba.Ronan se quedó de pie frente a las cunas intactas, con el pecho subiendo y bajando de forma errática. El aire no le llegaba a los pulmones. Sus ojos oscuros, dilatados por la pura incredulidad, escanearon cada rincón, cada sombra, buscando el brillo dorado que era su única razón para respirar. Pero el aroma a jazmín y luz se estaba desvaneciendo rápidamente, devorado por el rastro a ceniza que el vampiro había dejado a su paso.Y entonces, la vio.Tirada sobre la alfombra, cerca de los pies de la cuna de Iris, descansaba la túnica de lana oscura que Seraphina se había puesto sobre el camisón antes de bajar a las catacumbas.Las rodillas del Alpha cedieron.Ronan cayó pesadamente al suelo. Sus manos inmensas, manchadas con la sangre de la batalla en el bosque, temblaban con una violencia incontrolable al aferrar la tela suave. Se llevó la túnica al rostro, hundiendo la nariz en ella, buscando
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