El latido sordo no era un eco del exterior, sino el pulso de la magia negra infectando los cimientos del salón. La estructura misma de la mansión, su último refugio, estaba siendo profanada. Cada golpe vibraba a través del suelo de madera, subiendo como una serpiente invisible por sus piernas, buscando devorar la esperanza. El miedo intentó clavar sus garras en la garganta de Seraphina, pero la reacción inmediata de Ronan lo cortó de raíz.El Alpha no vaciló. Con esa agilidad letal y fluida que lo convertía en un depredador inigualable, se movió hacia los bordes del nido de mantas. Su masculinidad era una fuerza dominante, calculada al milímetro en cada respiración y movimiento. —Al centro —ordenó él. Su voz grave no admitía réplica—. Lejos de los muros.Juntos arrastraron las gruesas mantas, moviéndose en una sincronía perfecta, asegurándose de no alterar el sueño profundo de Iris ni la fascinación de Adham, quien seguía despierto debajo de la tela brillante. Arrastraron el peso
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