El frío sepulcral que rozó el cuello de Seraphina fue suficiente para que el Alpha detuviera el beso de golpe.Ronan sintió el cambio drástico en la temperatura de su compañera. El calor abrasador que compartían se evaporó, reemplazado por un temblor violento que sacudió los hombros de la Luna Blanca.—¿Sera? —murmuró Ronan, con la voz ronca, bajando la mirada hacia ella.Seraphina no le respondió. Sus ojos dorados estaban fijos y dilatados, mirando por encima del hombro de él, hacia la oscuridad del jardín nevado.En una fracción de segundo, el lobo de Ronan tomó el control. Giró sobre sus talones, interponiendo su inmenso cuerpo entre ella y el ventanal, y emitió un gruñido bajo que hizo vibrar los cimientos de la mansión. Sus ojos se clavaron en el cristal, buscando la amenaza para despedazarla, pero no había nadie. Solo la nieve cayendo lentamente contra la ventana.—Quédate aquí y, por favor, no te muevas, Seraphina —le ordenó el Alpha, su voz convertida en un gruñido letal.Ron
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