La fiebre retrocedió con la lentitud de una marea venenosa, dejando tras de sí un rastro de cenizas en las venas y un agotamiento que pesaba en los huesos.
Seraphina ya no deliraba con el llanto fantasma de sus cachorros, pero el estado de lucidez era una condena infinitamente más cruel.
Estaba prisionera dentro de su propio cuerpo.
Estaba sentada frente a un tocador inmenso de obsidiana tallada. El espejo de cristal antiguo devolvía el reflejo de una mujer pálida, con ojeras oscuras y la mi