El dolor no era una ola, era un océano que la ahogaba, y Ronan era la única roca a la que podía aferrarse para no hundirse en la oscuridad. Bajo la luz parpadeante, el mundo de Seraphina se redujo a la respiración entrecortada de su compañero y al dolor que la partía en dos.—Solo un poco más —La voz de Ronan rozaba su oído, ronca, desesperada, vibrando contra su espalda—. Una vez más, mi amor. Y luego podrás descansar.Él la sostenía contra su pecho ancho, sus brazos fuertes convertidos en un soporte inquebrantable. Seraphina podía sentir el corazón de Ronan golpeando contra su espalda, un ritmo frenético que competía con los golpes brutales que sacudían la puerta barricada a pocos metros de ellos.—¡No puedo...! —sollozó ella, sintiendo que se desgarraba—. Ronan, no puedo…—Sí puedes, Sera. Eres mi Luna. Eres la mujer más fuerte que conozco —Ronan enterró el rostro en su cuello sudoroso, besando su piel con una devoción febril, mezclando sus propias lágrimas con el sudor de ella—. N
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