La oscuridad que había inundado la habitación no era simplemente la ausencia de luz, era una entidad física, pesada y sofocante, que se derramaba sobre la cama como brea hirviendo.Seraphina se retorció entre las sábanas revueltas, con las manos aferradas a su vientre, incapaz de articular palabra alguna más allá de gemidos ahogados. El dolor no era una contracción normal, era como si ganchos de hielo estuvieran tratando de rasgarla desde adentro hacia afuera, buscando una salida desesperada a través de su piel.Al otro lado de la habitación, se escuchó el estruendo de madera rompiéndose y un golpe seco.—¡Sera! —el rugido de Ronan fue puro pánico animal.Ella oyó cómo él se movía en la negrura absoluta, tropezando con los muebles que la fuerza invisible había desplazado. Ronan, el Alfa que nunca fallaba, estaba ciego y desesperado.—¡Enciéndete, maldita sea! —bramó él. El sonido de un mechero chisporroteó, pero la pequeña llama fue devorada instantáneamente por las sombras, como si e
Leer más