La mansión olía a victoria y a sangre vieja, Viktor ya por fin había despertado de la fiebre, esos diez días que había estado entre la vida y la muerte, delirando nombres y órdenes que nadie entendía. Sofía que nunca se había separado de su cama ni un minuto: cambiaba vendajes, le daba agua, cucharaditas, le hablaba al oído hasta quedarse sin voz. Ahora que Viktor había despertado y Sofía seguía a su lado, sentía que todo se sentía bien, él cayó pero ella lo levantó de nuevo.Mientras los dos disfrutaban de su momento de descanso ahí el uno al otro, Viktor aún no se había dado cuenta de algo, algo que estaba olvidando, algo muy importante. Viktor, de repente levanta la mano más sana y la acercó sobre la curva del vientre. Sintió un movimiento leve, como un golpecito. Se quedó helado. ¿Qué!? En tan solo diez días que estuvo en la inconsciencia... ya bolita ya había crecido más de lo que había preparado para pensar y procesar. —¿Es…?—, empezó, tragando saliva levemente, de repent
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