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Capítulo 58: La reina toma la corona.

Sofía y Viktor amanecieron más felices ese día, pues era obvio, el estrés acumulado bajó por haberse juntado en cuerpo y alma en la madrugada y bailaron hasta más no poder, y realmente se sentía cómodo, como un nuevo amanecer, y así los días comenzaron a pasar.

_____

Hospital privado, una semana después del nacimiento.

La caída ya no era lenta: era un derrumbe.

A las 9:03 a.m. Dimitri entró con la última noticia:

Los chechenos habían tomado el último almacén importante. Los bancos cerraron todas las líneas de crédito. Los capitanes que quedaban leales ya no cobraban desde hacía dos meses. En resumen: Viktor Ivanov ya no era el rey de nada.

Viktor escuchó de pie junto a la ventana, Alexei dormido en su portabebés contra el pecho. Cuando Dimitri terminó, solo asintió.

—Gracias. Ahora vete.

Dimitri dudó.

—Jefe… ¿qué hacemos?

Viktor se giró.

—Nada. Se acabó.

Dimitri salió sin decir más. Claro lo comprendía más que nadie.

Sofía, sentada en la cama con el portátil abierto sobre las piernas, alzó la vista.

—¿Se acabó?

Viktor se encogió de hombros.

—No tengo ni un rublo. Ni un hombre. Ni un arma.

Ella sonrió, cálida pero con un toque de picardía y oscuridad.

—Perfecto. Entonces ahora escuchas a tu reina.

Señaló la pantalla.

—Tengo tres ofertas.

Una de un fondo de inversión árabe que quiere comprar todo lo que queda a precio de ganga.

Otra de una empresa fantasma registrada en Chipre, mi empresa fantasma. Y una tercera… de mí.

Viktor frunció el ceño.

—¿Tú no tienes dinero.

—Tengo algo mejor —dijo ella, girando el portátil.

En pantalla: una cuenta bancaria con 187 millones de dólares.

A nombre de Alexei Viktorovich Ivanov, con Sofía como tutora legal.

Viktor se quedó sin aire.

—¿De dónde…

—Del dinero que fuiste transfiriendo a cuentas “seguras” durante años para blanquearlo.

Lo moví todo hace cuatro meses, cuando estabas en coma. Tú firmaste los poderes sin leer, amor.

Ella sonrió dulcemente.

—Ahora el dinero es del bebé. Y yo decido cómo se gasta.

Viktor se sentó en la cama, atónito, sorprendido... ¡Pero qué gordita tan ingeniosa e inteligente! Pensó para sus adentros, y se burlaba de ella en el pasado... qué tonto.

Sofía siguió hablando, voz calmada y letal:

—Opción A: vendemos todo a los árabes, nos vamos a una isla y vivimos de rentas.

Opción B: usamos el dinero del bebé para recomprar lo que perdiste… pero bajo mi nombre y mis reglas. Opción C: quemamos los puentes, desaparecemos y empezamos de cero en otro país.

Viktor la miró como si la viera por primera vez.

—Tú… me quitaste todo.

—No —corrigió ella, acariciándole la mejilla—. Te salvé de ti mismo. Ahora elige, rey sin corona: ¿te arrodillas… o te arrodillo yo?

Silencio.

Alexei soltó un pequeño llanto en sueños. Viktor miró a su hijo, luego a ella. Y se arrodilló lentamente frente a la cama.

Sofía le pasó los dedos por el pelo.

—Buen chico. Opción B.

Pero desde hoy mando yo.

Tú sigues siendo el lobo…

yo solo cambié el collar.

Viktor cerró los ojos y apoyó la frente en su regazo.

—Como tú digas, reina.

Ella sonrió, victoriosa.

—Bienvenido al nuevo imperio, amor.

El mío.

_____

Después de que Viktor se arrodillara y Sofía cerrara el portátil con una sonrisa de reina absoluta, Dimitri se había ido hace un rato y caminaba por el pasillo sin hacer ruido. Caminó hasta el jardín interior del hospital, se sentó en una banca bajo un sauce desnudo por el invierno y encendió un cigarro que no fumaba desde hacía años.

Sacó el móvil, abrió una foto vieja y borrosa:

dos niños de diez años en un patio de colegio soviético gris. Uno alto y flaco, con el labio partido y los ojos llenos de rabia: Viktor. El otro más pequeño, pero con los puños ya manchados de sangre ajena: Dimitri.

Recordó perfectamente aquel día.

Viktor era el “niño rico” que acababa de llegar de la mansión familiar después de que mataran a su madre. Los otros chicos, hijos de obreros y soldados, lo odiaban por el abrigo caro y por la cara bonita que todavía no sabía llorar. Lo rodearon en el recreo, le quitaron el abrigo, lo empujaron al suelo, le dieron patadas.

Dimitri, que ni siquiera era de su clase, pasó por ahí con una manzana a medio comer.

Vio a Viktor intentar levantarse una y otra vez sin soltar una lágrima. Y algo se le rompió dentro.

Se metió en medio, recibió la primera patada en la cara y devolvió diez. Rompió narices, dientes, un brazo. Cuando los profesores llegaron, Dimitri estaba encima del más grande, sangrando por la ceja, pero riéndose.

Después, en la enfermería, Viktor le tendió la mano sin decir gracias.

Solo:

—Eres mío ahora.

Dimitri, con la boca hinchada, respondió:

—Y tú eres mío. Hasta que uno de los dos se muera.

Desde ese día fueron inseparables.

Dimitri cubría las espaldas de Viktor en las peleas callejeras. Viktor cubría las de Dimitri cuando su padre borracho le pegaba con el cinturón.

Compartieron la primera botella de vodka robada, el primer cigarro, la primera chica, aunque nunca al mismo tiempo.

Cuando el padre de Viktor lo mandó a la academia militar, Dimitri se alistó también “porque alguien tiene que cuidar al principito”.

Y cuando Viktor tomó el mando de la bratvá a los veintitrés, Dimitri ya estaba a su derecha, sin pedir nada, solo estar.

Dimitri dio una última calada al cigarro y lo apagó contra la suela del zapato. Miró el cielo gris de Moscú y soltó una risa baja, casi nostálgica.

—Al final tenías razón, hermano —murmuró al aire—. Ella sí te salvó de ti mismo.

Guardó el móvil, se levantó y volvió adentro.

Ya no era el segundo de a bordo de un rey destronado. Era el primer soldado de una reina que acababa de nacer. Y por primera vez en treinta años, Dimitri sonrió de verdad sonrió de oreja a oreja.

Más tarde, Dimitri volvió al pasillo con el paso más ligero que había tenido en años. Empujó la puerta de la habitación sin llamar y se encontró la escena más surrealista de su vida:

Viktor seguía arrodillado junto a la cama, la cabeza apoyada en el regazo de Sofía.

Ella tenía una mano en el pelo de él, la otra sosteniendo el biberón que Alexei chupaba dormido en la cunita. Los tres formaban una estampa que parecía sacada de un cuento… si el cuento fuera escrito por el diablo.

Dimitri carraspeó.

—Perdón la interrupción, majestad —dijo con sorna mirando a Sofía.

—Pero ya está hecho. Las tres cuentas están a nombre del niño. Los árabes retiraron la oferta en cuanto vieron que no había nada que comprar. Y los chechenos… bueno, acaban de recibir un mensaje: quieren negociar paz.

Sofía alzó una ceja.

—¿Negociar paz o rendirse?

Dimitri sonrió de medio lado.

—Creo que no saben la diferencia todavía.

Viktor levantó la cabeza, los ojos todavía húmedos, pero con un brillo nuevo.

—¿Cuánto tardamos en volver a tener armas?

Sofía lo interrumpió antes de que Dimitri contestara.

—No.

Viktor la miró.

—¿No qué?

—No vamos a volver a tener armas. Vamos a tener algo mejor: información.

Ella giró el portátil otra vez. En pantalla: una lista de nombres, fotos, direcciones, cuentas offshore.

Los secretos más sucios de cada capo que se levantó contra Viktor.

—Mientras tú estabas ocupado siendo rey, yo estaba ocupada siendo invisible —dijo Sofía con calma.

Ahora les mandamos esto a todos. O se arrodillan… o los arrodillamos nosotros. Pero sin un solo tiro. Porque los tiros los guardamos para quien no entienda el mensaje.

Dimitri soltó una carcajada baja.

—Joder, jefe… te cambió el collar y te lo puso de diamantes.

Viktor miró a Sofía como si la viera por primera vez... una vez más.

Después miró a Dimitri.

—Dile a todo el mundo que la nueva jefa quiere reunión mañana a las diez. En el salón del hospital. Trae café y pañales—. Dijo Sofía con confianza.

Dimitri asintió, todavía riendo.

—A sus órdenes… doña Sofía.

Cuando la puerta se cerró, Viktor volvió a apoyar la cabeza en su regazo.

—¿De verdad vas a hacer esto? —preguntó en voz baja.

Sofía le acarició la nuca.

—Voy a hacer algo mejor. Voy a hacer que Moscú se arrodille ante nuestro hijo… y que tú puedas cambiar pañales sin que nadie te dispare por la espalda.

Viktor cerró los ojos y soltó el aire que llevaba conteniendo toda la vida.

—Como tú digas, reina.

Alexei soltó un pequeño eructo dormido.

Los tres sonrieron a la vez.

Fuera, en el pasillo, Dimitri se apoyó contra la pared y susurró para sí mismo: —Bienvenido al nuevo mundo, hermano. Aquí ya no manda el más fuerte… manda la que tiene al rey de rodillas y al heredero en brazos.

Pensó en voz alta.

—Ella te terminó ganando... La que una vez fue tu esclava, ahora es toda una reina en un juego de ajedrez mucho más grande y peligroso—. Él se ríe de nuevo sacudiendo la cabeza con diversión.

—Preparémonos... Sí, para disparar con pañales de oro.

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