Hablaron durante horas, planeando movimientos, capturarlo vivo, interrogarlo sin matarlo, usar su traición para unir facciones. Viktor le explicaba con voz ronca, sus manos rozando las de ella, y Sofía absorbía todo, su mente bullendo con ideas propias. Pero en el fondo, el resentimiento por su padre ardía, no odio, solo un dolor sordo por ser vendida como mercancía. Y Viktor, con su culpa latente, la besaba cada tanto, murmurando promesas de protección. La noche cayó sobre la mansión, y en esa oficina, entre mapas y secretos, Sofía sintió que el juego cambiaba, ya no era presa, sino jugadora. Y Viktor, roto pero ardiente, era su pieza principal. Cuando terminaron, exhaustos pero cargados de tensión deliciosa, Viktor la levantó en brazos, llevándola al dormitorio. —Mañana hablamos con tu madre —susurró contra su cuello, depositándola en la cama—. Pero esta noche... déjame mostrarte
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