La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por la luz tenue de una lámpara encendida en una esquina, lo suficiente para no dejarlos completamente a oscuras, pero tampoco para romper la calma que, poco a poco, iba envolviendo el ambiente. Sofía no se había movido. Seguía ahí, cerca de Viktor, con su mano apoyada aún sobre su pecho, sintiendo el ritmo constante de su corazón, ese latido firme que, de alguna manera, siempre lograba tranquilizarla, incluso cuando todo a su alrededor parecía desmoronarse. Él tampoco se había apartado, su respiración más lenta ahora, más pesada, como si el cansancio finalmente empezara a reclamarle el cuerpo. Pero ninguno de los dos dormía todavía. —¿Te duele?— preguntó Sofía en voz baja, sin levantar la mirada. Viktor soltó una pequeña exhalación, casi una risa sin humor. —Nada que no haya sentido antes… Ella frunció ligeramente el ceño. —No te hagas el fuerte conmigo…— murmuró, deslizando los dedos con cuidado cerca de la venda
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