El día no avanzó con normalidad… avanzó con propósito, y eso lo hacía más pesado. Desde temprano, la mansión dejó de ser solo un hogar y se transformó en un punto de operaciones silencioso. No había caos, pero sí movimiento constante: teléfonos que vibraban, puertas que se abrían y cerraban, pasos que iban y venían con información que antes no tenía lugar en ese espacio. La familia seguía ahí —los niños, las risas suaves en algún rincón, el olor a comida de Doña María intentando mantener algo de normalidad—, pero debajo de todo eso, había otra capa, una más fría, más estratégica. Dimitri fue el primero en activarse por completo. En una de las salas privadas, con Sergei y Boris conectados desde el laboratorio, había desplegado una red de contactos que llevaba tiempo sin tocar. No eran amigos, ni aliados confiables… eran piezas que se movían por interés, por dinero, por supervivencia. Y volver a activar eso ya era, en sí mismo, un riesgo. —Algunos nombres siguen activos —dijo Serg
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