El jet tocó pista en el aeropuerto privado de Westchester con un suspiro suave, casi discreto, como si supiera que no debía hacer ruido. Eran las cuatro de la tarde en Nueva York, pero el cielo estaba gris y pesado, con nubes bajas que parecían querer abrazar la tierra. El frío entró de golpe cuando abrieron la puerta: un aire limpio, cortante, con olor a pino y a libertad que Sofía inhaló profundo, cerrando los ojos un segundo. —Esto huele a paz, mi rey…— murmuró contra el pecho de Viktor mientras él la ayudaba a bajar la escalerilla, sosteniéndola por la cintura con esa mezcla de ternura y posesión que nunca dejaba de hacerla temblar. Viktor le besó la sien, sin soltarla. —Paz es lo que vas a tener aquí, reina mía. Nada más que paz. Y nieve. Y niños corriendo y yo cuidándote cada segundo. El transporte ya esperaba: dos SUVs negros con vidrios tintados y placas que no decían nada. Los hombres de confianza de Viktor, cuatro en total, discretos, armados pero sin mostrarlo, c
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