Ana se había encerrado en el baño del segundo piso de la cabaña, con la puerta cerrada con pestillo y el grifo abierto para que el ruido del agua ahogara cualquier posibilidad de que alguien escuchara. La pequeña Sofía dormía en la habitación de al lado, vigilada por Doña María que tarareaba bajito mientras doblaba ropa. Sofía y Elena estaban abajo, en el salón, hablando en voz baja frente a la chimenea, con tazas de té que ya se habían enfriado en sus manos. Las dos se movían algo inquietas, Sofía se tocaba la barriga cada dos minutos, Elena se mordía el labio inferior y miraba hacia la ventana como si esperara ver llegar un auto que no llegaba. Ana sacó el teléfono satelital que Dimitri le había dado antes de irse. El aparato era frío, pesado, sin marca visible. Marcó el número que él le había grabado en la memoria: solo un dígito, el número 1. El tono sonó una vez, dos, una tercera más, hasta que Dimitri contestó al cuarto, voz baja y tensa, con ruido de fondo que parecía vi
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