Al día siguiente, la mansión Kuzmin amaneció con esa quietud que sigue a las tormentas. Elena estaba en la cama, apoyada en almohadas extras, con una mano sobre la barriga y la otra sosteniendo una taza de té de jengibre que apenas había probado. El dolor punzante de la noche anterior había cedido a un malestar sordo, constante pero no insoportable. El médico de guardia le había repetido lo mismo por teléfono: reposo, vigilancia, calma, nada grave, pero nada insignificante. La puerta se abrió lentamente, haciendo aparecer a Misha que entró de puntillas, con el cabello revuelto y un papel arrugado en la mano. Llevaba el pijama de dragones que Elena le había comprado en su último cumpleaños y una expresión seria que no le correspondía a sus seis años. —Mami… ¿ya estás mejor? Elena sonrió, aunque le costó el esfuerzo, y extendió los brazos casi con debilidad, pero aún manteniendo esa fortaleza interna. —Ven aquí, mi cielo. Misha trepó a la cama con cuidado, como si temiera r
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