Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, con esa lentitud pesada que solo un embarazo difícil sabe imponer. Habían pasado casi tres meses desde que Sofía confirmó que estaba esperando otro bebé, y aunque las náuseas ya no la doblaban cada hora como al principio, seguían ahí: un mareo constante que la obligaba a moverse despacio, un asco repentino a ciertos olores, el café de Viktor por las mañanas, el ajo en la cocina de Doña María, hasta el perfume suave que Ana usaba cuando venía a visitarla. La barriga ya se notaba: una curva suave pero evidente bajo los vestidos holgados que ahora usaba, una redondez que Alexei besaba cada noche antes de dormir y que Nikolai tocaba con curiosidad, diciendo “bebé” como si ya lo conociera. Sofía se había acostumbrado a llevar un balde pequeño a todas partes: al salón, al jardín, incluso al baño de visitas. Doña María la seguía como una sombra cariñosa, con té de jengibre, galletas saladas y palabras suaves que intentaban c
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