Mundo de ficçãoIniciar sessãoViktor estacionó el todoterreno frente a la mansión con un suspiro de alivio. El día había sido largo, reuniones discretas para cerrar un par de asuntos pendientes del imperio, una parada rápida en la escuela para recoger a Alexei y ahora, por fin, casa.
Alexei saltó del asiento trasero con la mochila colgando de un hombro, todavía hablando sin parar sobre cómo había ganado una carrera en el recreo y cómo Misha le había prestado su nuevo lápiz de dragón azul. Viktor sonrió, revolviéndole el cabello mientras bajaban. —Vamos, campeón. Mami seguro ya tiene la merienda lista. La puerta principal se abrió antes de que llegaran al porche. Sofía salió corriendo, descalza, con el vestido ligero ondeando alrededor de las piernas y una sonrisa tan grande que parecía iluminar todo el jardín. Sus ojos brillaban con algo que Viktor no pudo descifrar de inmediato, emoción, nervios, una chispa salvaje. —¡Viktor! ¡Viktor, amor, tengo que decirte algo! ¡Es importante! Ella corrió hacia él con los brazos abiertos, pero se detuvo en seco a dos metros de distancia, como si de repente se hubiera acordado de algo. Se llevó las manos a la boca. Sus ojos se abrieron mucho. Viktor frunció el ceño, dando un paso hacia ella. —¿Sofía? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? Y entonces pasó. Sofía se dobló hacia adelante con un gemido ahogado. El vómito salió como una explosión de colores, naranja, rojo, trozos de arepa y dulce de guayaba que Doña María le había preparado esa mañana. Salpicó el traje negro impecable de Viktor, el pantalón, la camisa, hasta la solapa de la chaqueta. Un chorro alcanzó su mejilla izquierda, caliente y viscoso, resbalando despacio por la piel. El tiempo pareció detenerse. Viktor se quedó inmóvil, con los brazos ligeramente abiertos, mirando el desastre en cámara lenta. El olor ácido le golpeó la nariz. Una gota cayó de su barbilla al suelo. Alexei, a su lado, abrió los ojos como platos y luego… estalló en carcajadas. —¡Mami vomitó encima de papi! ¡Jajaja! ¡Es como una película! Sofía se quedó congelada, las manos todavía en la boca, los ojos llenos de vergüenza y lágrimas. No sabía si reír, llorar o correr, o que la tierra se la trague en ese mismísimo instante. Se sentía ridícula, asquerosa, expuesta y más sucia que nunca. Quería gritarle la noticia, abrazarlo, pero en vez de eso le había vomitado encima. Viktor parpadeó una vez. Dos. Tres. Mantuvo cada gramo de autocontrol que tenía en el cuerpo, no hizo ningún movimiento, tampoco gritó, quedó mudo. No se desmayó, aunque por dentro sintió que el mundo giraba un segundo. Solo respiró hondo, muy hondo, y miró a Sofía con una mezcla de shock, amor y algo que empezaba a parecer comprensión. Doña María salió corriendo desde la puerta, con un trapo en la mano y los ojos muy abiertos. —¡Ay, mi niña! ¡Ven acá, mi amor! ¡Viktor, quítate ese traje ahora mismo! ¡Yo limpio, yo limpio! Se llevó a Sofía del brazo hacia el interior, murmurando palabras de consuelo en voz baja. —Tranquila, mi reina… tranquila… es normal, es normal… ven, vamos a limpiarte… Viktor se quedó ahí, inmóvil, con el vómito goteando por su ropa cara. Alexei seguía riendo a su lado, doblado por la mitad. —¡Papi, pareces un cuadro abstracto! ¡Jajaja! ¡De hecho hoy hicimos uno en clase de artística! Viktor miró a su hijo mayor. Alexei se calmó un poco al ver la cara de su papá, pero seguía con una sonrisa enorme. —Papi… ya sé qué te iba a decir mamá. Viktor alzó una ceja, todavía conmocionado. —¿Ah, sí?— Hasta que por fin le salieron las primeras palabras, casi temblorosas, con dudas y un poco de algo inesperado que no sabe cómo definir. Alexei asintió con seguridad, como si fuera obvio. —Va a tener otro bebé. Por eso vomitó. Como cuando vino mi hermanito Nikolai. Mami siempre vomita cuando hay un hermanito. Viktor se quedó quieto. El vómito seguía goteando. Pero de repente… de repente todo encajó. La náusea repentina. El antojo de dulce de guayaba, y se dio cuenta del antojo porque aún se siente el aroma dulce en el aire, y claro... lo que trajo el vómito de ahora. Pero también vio la forma en que Sofía lo había mirado esa mañana, con esa chispa en los ojos. El retraso que él había notado pero no había mencionado. Se llevó la mano a la mejilla, sintiendo la humedad pegajosa, y soltó una risa baja, incrédula, que fue creciendo hasta convertirse en una carcajada profunda. Alexei lo miró confundido. —¿Papi? ¿Estás bien? Viktor se agachó, lo levantó en brazos, sin importarle mancharlo también, y lo abrazó fuerte, Alexei chilló porque lo terminaron embarrando también con la misma mezcla. —Sí, campeón. Estoy más que bien. Estoy… estoy feliz. Muy feliz. Entraron a la casa con Alexei en brazos, dejando un rastro de vómito y una sonrisa que no se borraba. Sofía estaba en el baño del pasillo, limpiándose la boca con un trapo que Doña María le pasaba. Cuando vio a Viktor entrar, se quedó quieta, avergonzada. —Viktor… lo siento… yo… quería decírtelo bonito… no así… Viktor se acercó, todavía con el traje arruinado, todavía con vómito en la mejilla. La tomó por la cintura con cuidado y la miró a los ojos. —Reina mía… ¿es verdad? Sofía asintió, con lágrimas de emoción y vergüenza. —Sí… otra vez… otro bebé… lo supe hoy… quería decírtelo perfecto… pero… Viktor la besó profunda y lentamente, con sabor de aquella mezcla pero lleno de amor. —No me importa cómo me lo dijiste. Me importa que sea verdad. Me importa que estés embarazada otra vez. Me importa que me des otro hijo. Otro tesoro. Otra Sofía… o un Viktor… me da igual. Me da igual todo. Sofía sollozó contra su boca, abrazándolo fuerte. —Te amo… te amo tanto… Viktor la levantó en brazos, ignorando el desastre en su ropa. —Y yo a ti, reina mía. Y ahora… ahora vamos a celebrar. Con cuidado. Con besos. Con todo lo que tenemos. Doña María los miró desde la puerta, sonriendo con lágrimas en los ojos. —¡Ay, mis hijos! ¡Otro nietecito! ¡Vaya manera de anunciarlo! Alexei, todavía en brazos de Viktor, miró a su mamá. —¿Otro hermanito, mami? Sofía rio entre lágrimas. —Sí, mi amor. Otro hermanito… o hermanita. Alexei sonrió enorme. —¡Entonces ya somos seis dragones! ¡Vamos a necesitar una fortaleza más grande! Viktor rio, besando a Sofía otra vez. —La haremos, campeón. La haremos. Y mientras la mansión se llenaba de esa noticia que lo cambiaba todo otra vez, Viktor supo que el amor no tenía límites. Solo tenía más espacio para crecer. Y ellos… ellos ya estaban listos para llenarlo todo.






