En la mañana, Carl le hizo caso a Elena, pues terminó llamando a Viktor desde temprano, para poder confirmar por segunda vez que sí iba a ir, se quedó mirando el teléfono un rato largo después de colgar, aún con la cabeza revuelta de pensamientos confusos e indecisivos. La pantalla se apagó, pero el eco de la voz de Viktor seguía en su cabeza, “Ven mañana a la mansión. A las diez. Trae ropa cómoda.” Se sentía ridículo una vez más, humillado como ser masculino. Como si estuviera pidiendo limosna a un hombre que siempre había considerado inferior, peligroso, intocable. Y sin embargo… no podía dejar de pensar en Misha durmiendo arriba, en Elena mirando por la ventana como si esperara que su hijo volviera a desaparecer, en cómo había sentido esa impotencia absoluta cuando la van se alejó con su niño dentro, y esto, siempre lo recordará, lo llevará en su memoria. Así que no perdió más tiempo, se puso ropa deportiva negra, pantalones cargo, camiseta ajustada, zapatillas, y bajó si
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