La clase de esa mañana era tranquila como cualquier otra. La maestra dibujaba letras en la pizarra, los niños repetían en coro, algunos se removían en sus sillas, otros garabateaban en los márgenes de sus cuadernos. Alexei y Misha estaban sentados juntos en la segunda fila, como siempre, Alexei levantaba la mano cada dos minutos, Misha, más callado, pero atento, copiaba las letras con cuidado. De vez en cuando se miraban y sonreían, recordando el dragón de dos colores que habían terminado el día anterior. Entonces todo cambió en un segundo. Un estruendo seco en el pasillo, las puertas que se abrían de golpe, los gritos ahogados de las maestras de los salones cercanos, y pasos pesados, botas contra el piso de linóleo. Unos hombres vestidos de negro, con los rostros cubiertos con pasamontañas, rifles cortos en las manos, no gritaban órdenes, no necesitaban eso, simplemente el terror hablaba por ellos. El timbre de simulacro sonó de inmediato, alguien lo tocó desde el otro la
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