Habían pasado siete días desde que Alexei empezó el jardín. Siete días de cuentos nuevos, de canciones que tarareaba en la ducha, de dibujos que traía arrugados en la mochila y que Sofía pegaba con orgullo en la nevera de la mansión. El niño era listo, rápido para aprender las letras, para contar hasta cien sin equivocarse, para levantar la mano antes que nadie cuando la maestra preguntaba algo. Pero también era el niño con el acento más raro del salón: un ruso duro mezclado con esa cadencia suave y cantarina del Huila que Sofía le había enseñado desde chiquito. Cuando hablaba rápido, las “r” rodaban como en el otro acento, pero las “o” salían cerradas como en Moscú. Algunos niños se reían bajito. Otros lo imitaban cuando la maestra no miraba, Alexei al principio se encogía de hombros y seguía jugando, no quería llorar delante de nadie, quería ser valiente, como papá le había dicho. Pero ese día, el octavo, la cosa cambió. Era hora del recreo, y Alexei estaba en el columpio, bala
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