La noche cayó sobre el penthouse como un manto pesado, cargado de promesas y miedos. Uno a uno, todos se retiraron a sus refugios, Doña María llevó a Ana y a los niños a la habitación grande del fondo. Ana se acurrucó en la cama junto a Alexei y Nikolai, abrazando a los pequeños como si fueran su único ancla en medio del caos. Doña María se quedó velando un rato más, rezando bajito en la penumbra, antes de cerrar los ojos. Klaus, en cambio, no se fue al apartamento de al lado como solía hacer. Se quedó en la sala principal, rodeado de mapas digitales en la pantalla grande, notas garabateadas en papeles y el plan de asalto para mañana delineado con precisión militar. Pero incluso él, el alemán frío, sentía el peso del día. Terminó la última revisión a las dos de la madrugada, apagó las luces y se dirigió al cuarto de invitados contiguo al de Viktor y Sofía. Cerró la puerta con un clic suave, se quitó las botas y se dejó caer en la cama, todavía con la ropa puesta. En la habitación pr
Leer más