El invierno había llegado de golpe a Moscú una vez más, con las primeras nevadas cubriendo los parques y el aire frío colándose por las ventanas entreabiertas del ático. Nikolai tenía ya tres meses, un bebé gordito, de ojos grises curiosos como su padre y sonrisa fácil que derretía a todos. Alexei, con ya casi dos años, era un torbellino de energía, hablando cada vez más, mezclando palabras rusas con colombianas que doña María le enseñaba.Esa mañana, el salón estaba lleno de juguetes esparcidos, bloques, camioncitos, un móvil musical que sonaba suave sobre la cuna de Nikolai y muchos, pero muchos peluches.Sofía estaba sentada en el suelo, Nikolai en su regazo tomando el biberón, los ojos marrones oscuros de ella fijos en Alexei que construía una torre alta con bloques._Mira, mamá. ¡Torre grande!— dijo Alexei con orgullo de niño, apilando el último bloque.Sofía sonrió, su voz suave y cálida mezclada en acentos._¡Qué linda, mi amor! La más alta que has hecho. ¿Para quién es?Alexei
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