La mansión de Los Olivos estaba en silencio. Francisca había salido temprano, con una agenda llena de "asuntos importantes" que, según decía, tenían que ver con la empresa. Patricia, como siempre, la acompañaba. Bianca estaba sola, algo que en los últimos días se había vuelto cada vez más frecuente.Se movía por la cocina con lentitud, preparándose un almuerzo sencillo. Una sopa, algo de pan, un poco de fruta. No tenía mucho apetito, pero sabía que debía comer. Su tía se lo recordaba constantemente: "Tienes que recuperar fuerzas, mi niña".Mientras cortaba unas verduras, sintió algo extraño. Una presión en el pecho, repentina e intensa, como si una mano invisible le estuviera apretando el corazón. Dejó el cuchillo sobre la tabla y se llevó una mano al pecho, confundida.—¿Qué es esto? —murmuró.La presión se transformó en angustia. Una angustia profunda, desgarradora, que le subió por la garganta y le quemó los ojos. Las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiera controlarlas. No sa
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