La tarde caía lentamente sobre la mansión de Los Olivos, tiñendo las paredes de tonos anaranjados. Bianca yacía en la cama de la habitación de invitados, sus ojos fijos en el techo blanco, el cuerpo tenso a pesar del cansancio. Los micrófonos y cámaras estaban instalados, su misión cumplida, pero su mente no podía descansar.
Había algo que la atormentaba más que la espera: los vacíos. Los enormes espacios en blanco en su cabeza donde deberían estar los recuerdos de su vida.
Le creo a Luciano, p